Relato: Cursos de cocina

Octavio quiere aprender a cocinar bien y no espera conocer a Nerea. Cuando trata de acercarse a ella, no sale como planea. Un relato de humor con toques románticos.

Octavio se apuntó a aquel curso de cocina para ampliar su repertorio culinario más allá de la pasta, las ensaladas y los huevos fritos con patatas. Con lo que estaba aprendiendo, ahora podía llenar su táper para la oficina con comidas que no imaginó preparar por sí mismo.

En el grupo había una mujer llamada Nerea que llamó su atención desde el primer momento. Estuvo a punto de echar a perder el sofrito por quedarse mirándola. No se decidió a hablar con ella hasta después de varias sesiones.

Aquel día llegó un poco antes y se colocó cerca de ella y de otra mujer, una tal Xenia que parecía ser su amiga, con la que estaba charlando. Octavio fingió entretenerse con el móvil, después lo guardó y miró uno de los carteles que colgaba de la pared. El corazón le latía con fuerza y las palmas de las manos le sudaban. No se veía capaz de hacerlo.

De pronto, se oyó una música de móvil. Xenia se alejó unos pasos de Nerea y descolgó. «Ahora o nunca», se animó Octavio.

—A ver qué tal nos va hoy —le comentó él.

—Sí.

—Este es mi primer curso de cocina. ¿El tuyo también?

—Sí.

—¡Que si quiero un seguro para el coche! —exclamó Xenia, regresando—. Si no tengo coche. ¿Por qué no se preocupan primero de saber a quién llaman? El otro día nos llamó a la hora de la siesta nuestra propia compañía telefónica para saber con quién teníamos la línea. Mi marido se sorprendió y…

Octavio volvió a mirar el cartel. No obstante, lejos de rendirse por su fracaso, realizó un segundo intento a la salida, aunque obtuvo un resultado similar.

De camino a casa pensó cómo podría hablar con ella sin que interviniera su amiga. Llegaban y se marchaban juntas, por lo que iba a ser difícil. ¿Y si lo intentaba durante la clase? Tendría que aprovechar algún momento en el que Xenia hablase con el chef.

Tras tres clases, la situación le facilitó su objetivo.

—¿Cómo va ese puré de patatas? —le preguntó a ella mientras Xenia consultaba una duda con el chef.

—Bien. El tuyo tiene buena pinta.

—Te lo creas o no es mi primer puré de patatas. Ya verás cuando le coja el truco.

—Pensaba que hacer esto era algo elaborado, y, ¡qué va!, es muy fácil.

—Ya me ha explicado por qué a mí me queda chicloso cuando lo hago en casa —comentó la amiga, acabando con la conversación de ellos—. La leche se añade tibia y yo…

Nerea sonrió a Octavio. ¡Sí! Había conseguido intercambiar algunas palabras con ella y como premio, una sonrisa que le había acelerado el corazón. El plan de aprovechar los minutos de ausencia de su amiga funcionaba, pero desconocía cuándo podría volver a ocurrir y solo quedaban dos clases. Tuvo una idea:

—Cuando acabe este curso, quiero apuntarme a otro. ¿Cuál me recomendáis?

—Depende de lo que te guste —contestó Xenia—. Puede que yo haga alguno de comida internacional. No sé si tailandesa, japonesa o…

—A mí me interesa el de comida mexicana —replicó Nerea, impidiendo que su amiga siguiera hablando—. Y el de tartas tiene que ser una pasada.

—Soy fan de la comida mexicana. —Octavio añadió un poco más de sal a su puré—. Tal vez me apunte a ese. ¿Cuándo empieza?

Aunque solo fuera una conversación informativa, habló con ella unos minutos sin interrupciones. Le alegró saber que contaba con la posibilidad de volver a encontrarla en otro curso.

En la siguiente clase Xenia anunció casi al final que era el cumpleaños de Nerea. Todos se unieron a cantar un desafinado cumpleaños feliz. Como habían preparado galletas de canela en aquella sesión, Octavio quiso regalarle las suyas.

—¿Te gustaron? —quiso saber él, ilusionado, cuando ella le devolvió su táper al inicio de la última sesión del curso.

—Pues… lo cierto es que no las probé. Vino mi sobrina a casa y cuando vio el táper en la cocina, lo abrió sin preguntar y se las comió todas.

—No pasa nada —se resignó él con un encogimiento de hombros.

—Te agradezco el detalle. Seguro que estaban muy ricas. —De nuevo lo premió con una sonrisa que dejó a Octavio subido en una nube—. Parece que se te da bien la cocina.

Cuando se despidieron, ella comentó que seguramente haría el de comida mexicana que comenzaba al mes siguiente. Él no tardó en apuntarse.

Después de un curso de comida mexicana, otro de tartas y otro de legumbres, se habían conocido un poco. Por fin, él se atrevió a preguntarle si le apetecía ir a tomar algo después de clase.

—Hoy no puedo. Tal vez otro día.

—Pero si hoy es la última clase —replicó él, temiendo tener que inscribirse al curso de suflés que ella había sugerido.

—Ya lo sé, pero podemos quedar otro día, ¿no te parece?

—¿Por qué no me das tu número de teléfono? —Sin darse cuenta había soltado la pregunta que tantas veces se le había quedado atascada en la garganta.

Tras el intercambio de números, Nerea sonrió. ¡Aleluya! ¡Al fin lo tenía! Llevaba esperándolo desde el primer curso, pero le había dado vergüenza pedírselo.

Coincidir en más cursos con él la hizo pensar que no era casualidad. ¿Y si no eran imaginaciones suyas que estuviera interesado en ella? Al menos ya no tendría que apuntarse al curso de suflés.

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Imagen de portada: Maarten van den Heuvel en Unsplash.


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