Relato: El primer aniversario de boda

Jairo espera a su esposa en casa, pero no aparece a la hora habitual. El transcurrir de los minutos y que no conteste a sus llamadas hacen que la angustia le aprisione el pecho, aunque está decidido a averiguar la causa del retraso.

Añadió una pizca de sal y dejó que la olla hirviera durante unos minutos antes de apagar el fuego. El reloj de la cocina le indicó que quedaban diez minutos para que su esposa llegara a casa. Aquel era un día muy especial para los dos y se había esmerado en prepararle su comida favorita.

Jairo se dirigió al comedor, sacó un mantel estampado y lo colocó sobre la mesa. Después, cogió las servilletas a juego, llevó las copas, los cubiertos y los platos. Llenó una cesta de mimbre con rebanadas de pan recién horneado. Desde que había aprendido a elaborarlo en casa no había día en que la cocina no oliera como la panadería del pueblo de sus abuelos.

Descorchó una botella de vino para que se oxigenara. Ya estaba todo listo. En dos minutos debería de oír los pasos de Violeta acercándose a la puerta y el tintineo de las llaves. Pensó en servir el estofado, pero prefirió esperar.

Transcurrieron cinco minutos y nadie llegó. Esperó un par más con el mismo resultado. Solía ser puntual. ¿Qué la habría entretenido? Se asomó al balcón. No se la veía ni por la izquierda ni por la derecha. Con un suspiro entró y se sentó en el sofá. Tras unos minutos, volvió a mirar por el balcón.

Fue al dormitorio donde había dejado el móvil para comprobar si había recibido alguna llamada o mensaje, a pesar de que no lo había oído sonar. Nada. Llamó a su esposa. No contestó, así que le envió un mensaje.

Con el móvil en la mano, se asomó de nuevo al balcón. Ni rastro de Violeta. No entendía por qué no llegaban a casa y menos siendo la fecha que era. Intentaba no preocuparse, pero ya tenía varias teorías, cada una más espeluznante que la anterior, para justificar el retraso: un atasco, un pinchazo, un accidente, un atraco, un secuestro… El corazón le latía con fuerza y sentía la boca seca. De nuevo llamó a su esposa. Ninguna respuesta.

Ahora comprendía cómo se habría sentido ella hacía justo un año mientras lo esperaba en la puerta de la iglesia y él, que se había quedado sin batería en el móvil, no podía avisarla de que estaba en un atasco causado por un accidente. Pero el móvil de ella daba señal, así que tenía batería.

Fue al dormitorio y se calzó para salir, aunque no sabía por dónde buscarla. El miedo a que le hubiera sucedido algo y la angustia que se le había instalado en el pecho le nublaban el razonamiento por mucho que se repitiera a sí mismo que mantuviera la calma.

Salió a la calle y miró a ambos lados para asegurarse de que no venía. Se dirigió hacia la izquierda, hacia donde tenían alquilada una plaza de garaje. Para su sorpresa, el coche sí estaba. Ella no. El capó aún estaba caliente. No debía de andar lejos.

Aquello lo tranquilizó, aunque no demasiado. Había trescientos metros entre el garaje y la vivienda. ¿Dónde estaba Violeta? Recorrió el mismo trayecto, rezando para encontrarla sana y salva, y echando un vistazo al interior de las tiendas que estaban abiertas por si estaba en alguna. No la vio.

Se resistía a volver a casa y encontrarla vacía, de modo que llamó al portero automático. Ninguna respuesta. Sintió deseos de patear la puerta, aunque tuvo la lucidez de entender que eso no haría que apareciera. De pronto, su móvil sonó. Se apresuró a sacarlo del bolsillo. No reconoció el número, pero descolgó.

—¿Violeta? ¿Eres tú?

—Buenas tardes. Mi nombre es Fermín García —replicó alguien al otro lado de la línea— y le llamo de la compañía de seguros Ámbar para ofrecerle un…

Jairo cortó la llamada sin contemplaciones. Marcó de nuevo el número de su esposa. Cada pitido era como una aguja clavándose en su corazón. ¿Por qué no avisaba si se había demorado por cualquier razón? Ante la falta de respuesta, colgó. Apoyó la frente en la puerta sin saber qué hacer.

—¿Te ocurre algo, amor? —preguntó una voz femenina que él conocía muy bien.

Se giró hacia ella y comprendió que la caja que llevaba en las manos era el motivo del retraso. Se sintió como un necio. ¿Acaso ella no le había dicho por la mañana que recogería la tarta antes de llegar a casa?

—Ahora que has aparecido, nada. —Le quitó la caja de las manos y la abrazó—. Subamos a casa. La comida está lista.

—Quería comprar una vela con un uno, pero en la pastelería no había —comentó ella ante el silencio de él—. He ido a dos tiendas y tampoco tenían. Por fin, en la tercera he encontrado, aunque tiene lunares.

Jairo sacó las llaves y abrió la puerta, preguntándose si confesarle a Violeta lo ridículo que se sentía.

—¿Por qué me has llamado varias veces? —quiso saber ella mientras subían las escaleras al revisar las notificaciones del móvil—. Se me ha olvidado ponerle el sonido después del trabajo.

Jairo no contestó. Entró en el piso en silencio, dejó la tarta sobre la mesa auxiliar que había junto al sofá y la miró. Ella se acercó a él, lo besó y le preguntó qué había pasado. Él tomó aire y se lo explicó. Violeta sonrió y lo abrazó.

—Ya ves que estoy aquí —dijo ella—. Eres un exagerado, amor. Solo me he retrasado unos veinte minutos. Peor lo pasé yo el día de la boda que estuve una hora sin saber nada de ti.

—Lo sé, lo sé. Yo también pasé un mal rato hasta que se me ocurrió pedir prestado un móvil y un conductor generoso me dejó el suyo para llamarte. Después de cinco intentos, acerté con tu número. Pero, gracias a Dios, al final nos casamos y hoy todo ha quedado en un susto absurdo. ¡Feliz aniversario, cariño!

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Imagen de portada: SplitShire en Pexels.


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