Relato: El secuestro del Niño Jesús

Se acerca Nochebuena y alguien se ha llevado al Niño Jesús del pesebre.

El olor del pino y del pinsapo le estimulaba la nariz cada vez que pasaba por delante del altar y se detenía a hacer una inclinación de cabeza. Los parroquianos habían colocado un precioso Belén a los pies del altar. La mula, el buey, la Virgen María y san José estaban colocados alrededor de una cunita de palos y pajas, sobre la que habían acostado la figura del Niño Jesús, sonrosado, sonriente y en pañales. Aún quedaban unos días para la Nochebuena, ya quitaría al Niño antes de comenzar la Misa del gallo para que una familia lo llevara y lo colocase al inicio de la misma.

Una hora más tarde, cuando había terminado la misa de la tarde y estaba echando un último vistazo desde la puerta de la sacristía antes de cerrar, reparó en un detalle. Frunció el ceño, avanzó hasta el altar, inclinó la cabeza y se agachó delante de la cuna donde ya no había un Niño Jesús, sino una nota.

Una buena caligrafía plasmaba un inquietante mensaje: «Para recuperar al Niño Jesús debe dejar mil pesetas en el banco del parque que hay frente a la fuente».

El sacerdote releyó la nota, se la guardó en el bolsillo y sacudió la cabeza. Regresó a la sacristía y caminó con paso tranquilo hacia el despacho parroquial. Se sentó, abrió uno de los cajones del escritorio del que sacó una agenda y buscó un número entre las decenas de anotados. Lo marcó en el teléfono y esperó. Contestó una voz infantil.

—Manolito, como no devuelvas ahora mismo al Niño Jesús, se lo voy a decir a tus padres —dijo el sacerdote.

El niño sintió un escalofrío. Sin contestar, colgó el teléfono, corrió hacia su dormitorio, se puso el abrigo y sacó del armario la figura que poco antes había ocultado entre los jerséis. La abrazó y la tapó con el abrigo como había hecho para llevarlo de la parroquia a su casa. Le gritó a su madre que tenía que ir a ver a don Timoteo y que volvería enseguida. Para cuando la madre replicó, él ya estaba fuera de la casa y corría hacia la parroquia.

Exhausto por el esfuerzo, entró jadeando en el despacho parroquial donde el sacerdote permanecía sentado frente al escritorio. Sin saludos ni palabras, el monaguillo colocó la figura del Niño Jesús sobre la mesa y sin mirar a don Timoteo, retrocedió con la falsa esperanza de que podría marcharse sin más.

—Manolito.

El niño se detuvo, clavó la mirada en el suelo y se preparó para la regañina.

—¿Para qué quieres mil pesetas?

Ante el tono curioso y calmado, Manolito miró al sacerdote y comenzó a retorcerse las manos.

—Para comprar muchos cromos y chuches.

—Sabes que secuestrar al Niño Jesús no es el modo de conseguir mil pesetas.

Manolito asintió y murmuró una disculpa.

—Para reparar lo que has hecho desde mañana hasta Reyes acompañarás a doña Genoveva a su casa.

Los ojos del niño se abrieron con pavor.

—¡No!

Doña Genoveva era una señora mayor que vivía al lado de la parroquia y que caminaba a la velocidad de una tortuga reumática, ayudada por un bastón y, a ser posible, por una mano amiga que la guiase. En su rostro arrugado brillaban dos ojitos grises para los que nada pasaba desapercibido y no dudaba en comentarlo con quien le prestase oídos.

Manolito la había acompañado a casa en alguna ocasión, en obediencia a don Timoteo; pero lo cansaba el monólogo de la mujer y le desagradaba el olor a alcanfor y perfume que desprendía. Además, agradecía el favor con caramelos pegajosos, impregnados con el olor de la ropa. La segunda vez se atrevió a preguntarle si no tendría mejor cinco duros. A lo que la mujer respondió con una carcajada y ninguna intención de sacar el monedero.

Miró con una súplica silenciosa a los ojos de don Timoteo, pero la mirada de este era tan clara como una gota de agua. No se aceptaban negativas ni negociaciones. Con un suspiro de resignación, Manolito se puso de pie y asintió. Le consolaba pensar que podría haber sido peor.

Al día siguiente, comenzó a cumplir con su cometido. Aceptó sin rechistar la cháchara continua y hasta agradeció que la mujer se olvidara de darle un caramelo. Un día menos. Podría superarlo.

Transcurrió así un día, otro, otro, otro y otro. Con cierto orgullo doña Genoveva comentaba con las demás feligresas la generosidad del monaguillo que diariamente la acompañaba a casa. «Si tú supieras», pensaba el niño.

Llegó el deseado día de Reyes. Manolito no solo lo ansiaba por los regalos que encontraría debajo del árbol de Navidad al despertarse por la mañana, sino porque sería el fin de su acto de reparación.

Por primera vez, acompañó a doña Genoveva con una sonrisa en los labios. Ella amenizaba cada paso con su monólogo habitual. Cuando, por fin, llegaron a la puerta de la casa y Manolito se preparaba para recibir el pegajoso caramelo que acabaría tirando a la papelera, le sorprendió que ella lo invitara a entrar. Rehusó la propuesta con una excusa, pero ella insistió y añadió que tenía una sorpresa para él.

Aquello tentó al niño y aceptó. Era el día de Reyes. Tal vez había un regalo para él. ¿Qué sería? ¿Una bicicleta? ¿Unas canicas? ¿Un diábolo? ¿Un coche?

Esperó a que la mujer abriera la puerta y Manolito se quedó en la entrada mientras ella desaparecía y le pedía que esperase un momento. Regresó poco después con un bulto envuelto en un papel marrón. El niño lo cogió y se apresuró a desenvolverlo. La desilusión se reflejó en su cara al descubrir el regalo, pero doña Genoveva no la percibió. Ella miraba al pequeño Niño Jesús de escayola que había estado pintando durante días para regalarle. Poco antes de Nochebuena lo vio salir con el Niño Jesús de la parroquia y supuso que le haría ilusión tener uno en casa. Pero prefirió no contarle lo que había visto ni las razones de su regalo. Ni siquiera le preguntó si le gustaba.

—Puedes ponerlo en tu mesita de noche y rezarle todas las noches —dijo ella con dulzura.

El niño murmuró un agradecimiento y se despidieron. Cuando llegó a casa, se sentó en la cama y contempló al Niño Jesús. No sabía qué hacer con él, así que hizo lo que había sugerido la mujer. Por la noche rezó sus oraciones mirándolo.

Aunque al día siguiente y los demás se escaqueó de acompañar a doña Genoveva, sí comenzó a rezar por las noches mirando al Niño Jesús que ella le había regalado. Eso lo ayudó a que fuera aumentando día a día su amor a Jesús y a sentir la llamada de entregarse a Él.

Si este relato te ha gustado y quieres leer más, pásate por la categoría Relatos cortos.

Imagen de portada: Esudroff en Pixabay.


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