Relato: Seis letras en la mejilla

Él tenía un objetivo en mente hasta que una noche una mujer le pide alojamiento. Su llegada lo cambiará todo. Un relato de intriga y amor.

Haber encontrado aquel trabajo de recepcionista era casi un milagro. Después de tres años en la cárcel había quedado marcado y muchos lo miraban con desprecio, lo insultaban, le escupían o rehusaban pasar a su lado.

El gerente de aquel hotel, un hombre de buen corazón que había leído su expediente, tuvo lástima de él y le concedió el trabajo para el turno de noche. Sin embargo, sus compañeros no eran tan benevolentes y comprensivos, y lo maltrataban y humillaban cuando tenían ocasión. También algún que otro cliente se negaba a ser atendido por aquel recepcionista alto, moreno y de espesa barba.

Él aguantaba porque sabía que no sería fácil encontrar otro trabajo y quería ahorrar algo de dinero para huir del país. Tenía la esperanza de que fuera no sería tratado como un criminal, a pesar de llevar grabada en la mejilla derecha la causa de su condena.

La barba no era suficiente para ocultar al completo aquella palabra de seis letras. Una palabra de la que él estaba orgulloso, pero el nuevo dirigente la había convertido en algo ilegal y deshonroso.

Aquella noche el vestíbulo del hotel estaba vacío. Hacía más de una hora que el último huésped se había retirado. Ella entró arrastrando una pesada maleta marrón y buscando algo dentro de su bolso. No se dio cuenta de que el recepcionista se había puesto de pie y la miraba fijamente con la boca abierta. Cuando dirigió los ojos hacia él, se le cayó al suelo el monedero que acababa de sacar.

Lo reconoció al instante, al igual que él. Ella llevaba el pelo muy corto y las arrugas habían comenzado a surcar su rostro mientras que él tenía más canas y una poblada barba.

—Buenas noches, señora —la saludó él con tono formal—. ¿En qué puedo ayudarla?

—Necesito alojamiento para esta noche. —Se agachó a recoger el monedero.

—¿Me permite su documentación, por favor?

Ella la puso sobre el mostrador y miró hacia otro lado, examinando el vestíbulo de aquel hotel que acababa de pisar por primera vez. Cerró los ojos un instante y rezó, pidiéndole a Dios fuerza suficiente para superar aquella situación.

El sonido metálico de una llave sobre el mármol del mostrador la hizo volverse hacia el recepcionista que le indicó cómo llegar a la habitación. Ella se lo agradeció, guardó su documentación en el bolso y se alejó.

Un par de minutos después estaba dentro de una pequeña habitación que disponía de una cama, una mesita de noche, un armario, un sillón y un baño. Dejó la maleta en el suelo, se sentó en la cama que emitió un crujido y se echó a llorar.

«Ahora sé que sigue vivo», se dijo, sacando un pañuelo del bolso.

El recepcionista recibió una llamada de teléfono. Unos segundo más tarde, se dirigió deprisa a la habitación de la recién llegada. Ella lo dejó pasar, cerró la puerta, echó el seguro y lo abrazó. Él la estrechó con fuerza, susurrando su nombre y diciéndole cuánto la quería. Le secó las lágrimas con los dedos antes de besarla.

—Me dijeron que habías muerto —sollozó ella.

—Salí hace dos meses, pero tuve miedo de ponerte en peligro si te buscaba.

—Me dijeron que habías muerto cuando me liberaron hace tres semanas.

—Gracias a Dios, sigo vivo. Y tú también.

Se besaron, aunque eran conscientes del peligro que corrían.

—Tengo que volver a recepción.

—Lo sé, lo sé. Me parece mentira haberte encontrado, pero estás aquí. ¿Qué tienes en la cara? —quiso saber ella, pasando los dedos por la cicatriz de las dos últimas letras, una d y una o.

—Me lo hicieron con una navaja en la cárcel.

—¡Qué salvajes! —exclamó ella, estremecida—. Ahora entiendo lo de la barba, amor, pero te queda horrible. —Ella le sonrió con ternura.

—Tenemos que huir, querida mía.

—Es arriesgado.

—Lo sé, pero no quiero volver a perderte.

—Yo tampoco.

A la mañana siguiente, él estaba a punto de terminar su turno cuando una mujer se acercó al mostrador para devolver la llave de la habitación en la que había pasado la noche. Se saludaron con cortesía, él realizó el trámite y se despidieron.

Una hora más tarde, él abandonó el hotel. Sonreía. Llevaba en la mano un sobre con una copia de su carta de renuncia y unos cuantos billetes.

A las doce tomó un tren hacia otra ciudad, más cerca de la frontera. Una mujer con el pelo muy corto se sentó a su lado y él la ayudó a colocar su maleta. Ella le dio las gracias, pero no hablaron más durante el trayecto.

Nadie podría imaginar que aquel hombre y aquella mujer eran marido y mujer desde hacía una década. Sin embargo, el nuevo gobernador había declarado una ley que abolía los matrimonios, obligando a los esposos a emitir actas de repudio mutuo. Ellos se habían negado y habían pagado su insubordinación con tres duros años de cárcel. Ahora su injusta separación llegaba a su fin.

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Imagen de portada: Robin Röcker en Unsplash.


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