Gritos en la noche

Un grito irrumpió en el silencio de la noche. Brígida se despertó sobresaltada preguntándose si lo que había oído era real o parte de su sueño. Apartó la sábana, salió de la cama y se dirigió en penumbra a la cocina para beber agua.

Abrió la nevera y volvió a oír un grito. Esta vez escuchó con claridad que alguien pronunciaba su nombre y reconoció la voz. Corrió hasta el dormitorio de su hermano y abrió la puerta. Al encender la luz, encontró a su hermano sentado en la cama, mirando hacia la puerta con los ojos asustados. Le preguntó qué le pasaba y se sentó en el borde de la cama. Su hermano estaba sudando y temblaba.

—He tenido una pesadilla —dijo él—. Un hombre vestido de rojo me perseguía. No sé qué quería, pero tenía que huir de él. Por mucho que corría, no conseguía avanzar y estaba cada vez más cerca. Mi única escapatoria era subir una escalera y era incapaz de levantar los pies.

—¿Y te has despertado cuando el hombre te ha atrapado?

—Sí.

—Tranquilo, estás a salvo. No hay ningún hombre extraño, ¿ves? —lo consoló ella haciendo un gesto con el brazo que abarcaba toda la habitación—. ¿Y por qué has gritado dos veces?

—Yo no he gritado dos veces. Solo una cuando me he despertado.

Brígida se quedó mirando a su hermano.

—¿Estás seguro? —le preguntó.

—Claro que estoy seguro. He gritado y en seguida has entrado tú.

—Pero yo oí antes otro grito.

Su hermano se encogió de hombros.

—El hombre era grande y vestía un pantalón rojo brillante, zapatos rojos, un abrigo rojo, tenía un gorro rojo, pero no le podía ver bien la cara, solo los ojos que también eran rojos. Daba mucho miedo.

—Tranquilo, vuelve a dormir. No pasa nada.

—¿Puedes quedarte conmigo hasta que me vuelva a dormir? Ese hombre me dio mucho miedo.

—Está bien —suspiró Brígida mientras su hermano se volvía a tumbar.

—Ese hombre de rojo me suena, creo que lo he visto en algún lugar —dijo su hermano cerrando los ojos—, pero no recuerdo dónde. ¿Por qué no me cuentas algo bonito?

Brígida le contó una historia que hablaba de caballeros medievales y castillos antiguos. Su hermano tardó menos de cinco minutos en dormirse.

Se levantó, apagó la luz y regresó a su dormitorio. Aún se preguntaba cuál era el origen del primer grito que había escuchado, pero empezaba a pensar que lo había soñado.

Cerró los ojos. Sintió que algo le tocaba el hombro. Se giró y gritó al ver a un hombre vestido de rojo.

—¿Estás bien?

Brígida abrió los ojos y en la penumbra vio a una figura que le hablaba. Soltó otro grito mientras la voz la tranquilizaba. Pronto se dio cuenta de que era su hermano.

—Te he oído gritar —dijo él.

—He visto a ese hombre del que hablabas.

—¿También has tenido una pesadilla con el hombre de rojo?

—¿Quién es?

—No lo sé. No consigo recordarlo.

—¿Y antes no me oíste gritar?

—No. El único grito que he oído es el tuyo ahora.

Al día siguiente, cuando Brígida regresó de la universidad, encontró a su hermano en el comedor haciendo los deberes. Él levantó la cabeza y la saludó.

—¿Podrías ayudarme con un problema de química?

—Sí, claro —dijo ella acercándose a la mesa y sentándose a su lado.

—Por cierto, ya sé quién gritó anoche —le dijo él—. Ese grito que dijiste oír.

—¿Quién?

—Fue el padre de Benito.

—¿El vecino de abajo? ¿Y por qué?

—Esta mañana cuando iba a clase me he encontrado con Benito en el ascensor y me ha preguntado si anoche no oí un grito. Resulta que un murciélago entró por la ventana del dormitorio de sus padres, chocó con el armario y cayó al suelo. Su padre, que es de sueño ligero, al oír el golpe, se levantó y puso el pie descalzo sobre el desafortunado murciélago. Gritó del susto al pisar algo blandito.

Ambos se echaron a reír.

—¿Y eso fue todo? Pues qué susto me dio —dijo Brígida.

—No creo que te diera más miedo que el hombre de rojo, aún me acuerdo y me dan escalofríos.

—Yo he averiguado de qué te suena ese hombre de rojo —dijo Brígida con una sonrisa.

—¿En serio?

—Sí, de hecho, lo he visto a dos manzanas de aquí.

—¿Dónde? ¿Y quién es?

Brígida se echó a reír.

—No da ningún miedo cuando lo ves en la realidad —dijo riendo a carcajadas.

—¿Vas a decirme quién es?

Brígida, con dificultad, tuvo que aguantarse la risa para poder hablar.

—Es el hombre de la frutería que se viste de rojo completamente para promocionar los tomates cuando están en oferta.

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