La mujer con su mismo rostro

Mónica empujaba el carro de la limpieza por la moqueta estampada del suelo del hotel en el que trabajaba desde hacía ocho meses. Entró en la habitación 423 totalmente ajena a lo que descubriría allí dentro y a cómo cambiaría su vida desde aquel día.

Hizo la cama y cogió el plumero para limpiar. Sobre la mesita de noche había un marco dorado con una fotografía que Mónica hubiera ignorado de no ser por la cara de la mujer que aparecía en la imagen que llamó su atención.

Se acercó a mirarla más de cerca y contempló su propio rostro en el de la mujer que posaba junto a un hombre guapo, moreno y con gafas que sostenía en brazos a una niña sonriente.

Parpadeó varias veces con la esperanza de descubrir que su cerebro le estaba jugando una mala pasada, pero fue inútil. Seguía viéndose a sí misma en la fotografía cuando no conocía de nada ni al hombre ni a la niña.

No obstante, sí apreció algunas leves diferencias entre ella misma y la mujer ya que ésta tenía el pelo más largo, liso y teñido con mechas y las mejillas un poco más hundidas que las suyas. Por lo demás, el parecido era prácticamente idéntico.

Mónica se incorporó, aún con el plumero en la mano, intentando buscar una explicación razonable. Había oído eso de que cada uno tiene un doble en alguna parte del planeta, pero esa idea no la convencía. Continuó su tarea sin dejar de pensar en aquella mujer.

Ella había sido adoptada cuando tenía un año y medio porque, según le habían contado, sus padres biológicos habían muerto en un incendio y no había ningún familiar para encargarse de ella que se salvó del fuego. ¿Y tenía una hermana gemela y nadie se lo había dicho nunca? Cuando dejó la habitación, sentía en el corazón que quería conocer a aquella mujer, pero no sabía cómo.

Aprovechó su descanso para llamar a su madre. Le contó lo que había visto y la suposición que tenía al respecto. Ésta se quedó sorprendida: le aseguró que nadie les había hablado de que tenía una hermana gemela puesto que de haberlo sabido, las habrían adoptado a las dos.

Mónica colgó con un suspiro. Se preguntó si aquella mujer sabría de su existencia y por cuánto tiempo se alojaría en el hotel.

Terminada su jornada, se cambió y antes de marcharse, volvió a pasar por la cuarta planta. Su corazón latía acelerado mientras se acercaba a la puerta de la habitación 423. Entonces a cada paso le surgía una duda: ¿Y si no eran gemelas, sino una mera coincidencia? ¿Y si la mujer no la creía y se enfadaba por importunarla? ¿Y si padecía del corazón y sufría un infarto ante la noticia? ¿Y si…?

Finalmente, llegó frente a la puerta. Tomó aire y alzó la mano para llamar, pero no se atrevió. ¿Y si lo mejor era dejarlo correr? Dio media vuelta, pero sus pies se negaron a marcharse y la hicieron que volviera frente a la puerta. Cerró los ojos y llamó. Uno, dos, tres, cuatro, cinco. Los segundos pasaban, nadie contestó a su llamada. Lo intentó una segunda vez sin resultado. Una vez más, nada.

Mónica se dio por vencida, regresó al ascensor lentamente. Iba cabizbaja, entristecida, sumida en sus pensamientos, de modo que no vio a quienes salían del ascensor cuando éste se abrió. Sólo sintió que algo le golpeó el pie, siseó de dolor y levantó la vista cuando una voz le pidió disculpas.

Olvidó el dolor al momento y se quedó con la boca abierta al igual que el hombre que sin querer le había dado con el maletín con ruedas de su portátil.

—¿Qué haces aquí, cariño? —le preguntó él desconcertado.

¡Era el mismo hombre de la fotografía!

—¿Quién es usted? —preguntó ella.

Él frunció el ceño.

—¡Tu marido! ¿Es que estoy una semana fuera y ya no te acuerdas de mí? ¿Has venido a darme una sorpresa?

—Se está confundiendo —dijo Mónica apartándose cuando él intentó abrazarla.

—¿Cómo no voy a reconocer a mi propia esposa? —se rió él—. Ni que tuvieras una geme…

El hombre se quedó callado de golpe y contempló a Mónica.

—No te llamas Ágata, sino Mónica, ¿verdad?

—Sí. ¿Cómo lo sabe?

El hombre se pasó la mano por el pelo y suspiró.

—Te pareces mucho a mi esposa.

—Pues me pareceré. ¿Usted se aloja en la 423?

—Sí. No me hables de usted, me temo que somos cuñados —sonrió él—. ¿Sabes que tienes una hermana gemela?

—Hasta esta mañana que limpié su… tu habitación, no lo sabía.

—Voy a llamar a Ágata. Se va a alegrar mucho. Lleva dos años buscándote.

Los interrogantes se acumulaban en la cabeza de Mónica mientras el hombre llamaba. De pronto, le tendió el móvil.

—Quiere hablar contigo.

La mujer que estaba al otro lado lloraba emocionada y Mónica casi no pudo contener las lágrimas cuando oyó que la llamaba “hermana”. Ágata le contó que tras la muerte de sus padres, los únicos familiares que podían cuidarlas eran unos tíos que vivían en Madrid, pero no podían encargarse de ambas y dejaron a una de ellas en un orfanato.

Ágata no conoció esta última parte hasta que su tía se lo contó estando en el hospital a punto de morir. Desde entonces había estado buscando a Mónica sin éxito.

—Y justo te encuentra mi marido —se rió Ágata—. Es un despistado y en casa nunca encuentra nada, así que haberte encontrado a ti ha sido un auténtico milagro.

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