Relato: Punto de arroz

Ana está aprendiendo a tejer y un chico le enseña un nuevo punto. ¿Por qué la profesora se sorprende al ver su muestra? Un relato de intriga y un poco de humor, inspirado en mis comienzos en el arte de tejer.

Ana mantenía el ceño fruncido y repetía en voz alta los puntos que iba tejiendo para no perderse. Era su cuarto día en clase y aún no dominaba las agujas. Le sorprendía que unas simples varillas de metal fueran tan complicadas de manejar.

Cuando pasó la hebra de lana por el último punto, suspiró y liberó la tensión que había acumulado en el cuello y los hombros. No bajaba la guardia mientras se esforzaba por no equivocarse con los puntos. Según le decía su madre, tejer era una actividad relajante… ¿Relajante? ¿En serio? ¿Cómo se iba a relajar si tenía miedo de que los puntos le salieran mal?

—¿Cómo vas, Ana?

Una voz femenina la sacó de sus pensamientos. Con un encogimiento de hombros, le enseñó la muestra a la profesora, una mujer jubilada que dedicaba su tiempo a enseñar a tejer a un amplio grupo interesado en conocer aquel arte. Examinó con detenimiento la muestra, mirando por encima de la montura plateada de sus gafas.

—No está mal, pero procura no tejer con tanta tensión. Es difícil mover los puntos si están tan apretados, salvo que pretendas tejer una faja.

La profesora se rio, pero Ana recogió las agujas con los labios fruncidos. Ya sabía que le costaba controlar la tensión de la lana como para que, encima, la profesora se burlase de ella. Suspiro y continuó tejiendo.

—Punto derecho, punto del revés, punto derecho —repetía en voz alta—, punto del revés.

—Quieres callarte, por favor —le pidió alguien a su espalda—. Así no hay quien se concentre.

Ella se giró y vio a un chico sentado en una silla junto a la puerta.

—Necesito contar los puntos en voz alta —se defendió.

—Cuéntalos mentalmente porque me desconcentras.

—Está bien.

—¿Qué quieres tejer? —le preguntó él.

Ana lo ignoró y reanudó el ritmo de las agujas.

—He oído que la profesora te ha dicho algo de una faja —insistió el chico—. ¿Quieres hacer una faja de lana?

—¡No quiero hacer una faja de lana! —protestó Ana, mirando hacia atrás.

—Me parecía que sí. ¿Entonces por qué ha dicho la profesora algo de una faja?

—Porque aún no controlo la tensión y me sale muy apretado el punto.

—A mí me costó hacerme con eso. Ten paciencia y, al final, conseguirás dominar la tensión.

Él esbozó una sonrisa como si tratase de darle ánimos. Ana puso los ojos en blanco, molesta, y volvió a concentrarse en los puntos. ¿Cuál era el último que había tejido? ¿Un punto del derecho o uno del revés?

—¿Quieres ver lo que estoy haciendo? —le preguntó él.

Ana hizo un esfuerzo por ignorarlo, pero fue inútil porque él continuó hablando.

—Mira, es una bufanda para mi hermana. Su cumpleaños es el mes que viene y espero que me dé tiempo a terminarla. La estoy tejiendo con punto de arroz. ¿Conoces ya ese punto?

—No, aún no —farfulló ella.

—Bueno, ya lo aprenderás. Mira qué bien queda.

Ana se sintió obligada a mostrar interés. No obstante, en cuanto lo vio, le preguntó cómo se hacía aquel punto. El chico se lo explicó mientras le hacía una demostración.

—No parece difícil.

—Es muy similar al que estás haciendo ahora.

—Voy a terminar esta vuelta y probaré. Gracias.

Ella intentó realizar el nuevo punto que su compañero le había explicado porque, en efecto, se parecía al que ella estaba haciendo. Quince minutos más tarde, tenía dos hileras de punto de arroz. Estaba en mitad de la tercera vuelta cuando la profesora pasó a su lado y quiso ver su muestra.

—Acabo de aprender el punto de arroz. —Y se lo enseñó, contenta de su logro.

La profesora alzó una ceja.

—¿Te has equivocado con los puntos?

—No, me lo ha enseñado un compañero.

—¿Qué compañero?

—Él. —Ana giró la cabeza hacia el sitio en el que había estado sentado el chico, pero se quedó con la boca abierta al verlo vacío.

—Estaba ahí. Un chico alto, delgado, con el pelo negro y los ojos oscuros. ¡Estaba sentado ahí!

El tono de su voz hizo que algunos mirasen hacia ellas, pendientes de la conversación.

—Hay miles de chicos con esa descripción, pero no aquí. Ninguno de mis alumnos es así.

—Si estaba aquí hace un momento. Vestía unos vaqueros rotos y una sudadera gris. Estaba tejiendo una bufanda para su hermana con este punto. ¿De dónde lo iba a aprender yo si no?

—Calma, calma. No te alteres. Lo cierto es que el punto te está saliendo bastante bien. Adelante.

La profesora se alejó, pero Ana no podía dejar de mirar aquella silla vacía en la que momentos antes había habido un joven. La cuestión es que no recordaba haberlo visto en ninguna de las clases anteriores ni que la profesora se hubiera acercado a él, pero estaba segura de que allí había habido alguien.

Cuando la clase finalizó, Ana clavó las agujas en el ovillo de lana y lo guardó en su bolsa. Se despidió de la profesora y del resto de sus compañeros antes de salir del aula. Avanzaba por el pasillo cuando la profesora la llamó. Se giró y esperó a que se acercase más para preguntarle qué quería.

—No estás loca, Ana.

—¿Por qué lo dices?

—Por lo que me has contado del chico que te ha enseñado el punto de arroz. Es cierto que no es ninguno de mis alumnos, al menos no oficialmente. Se cuela de vez en cuando en el aula, pensando que no me doy cuenta. Supongo que le da vergüenza apuntarse con normalidad a las clases.

—¿Y por qué no me lo has dicho antes?

—Porque no quiero que los demás se enteren.

—Dile que se marche la próxima vez que entre si no es un alumno oficial.

—Veo que le gusta tejer y se le da bien, así que espero que algún día se anime a ser un alumno oficial.

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Imagen de portada: Kelly Sikkema en Unsplash.


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4 comentarios en «Relato: Punto de arroz»

    • Gracias, FJ.
      ¿Cómo entra y sale el joven sin ser visto? Eso queda de tarea para el lector . No obstante, es fácil imaginar que la puerta está abierta, el joven la cruza con sigilo y sin que los alumnos, absortos en sus labores tejeriles, se den cuenta.

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