Quiero aceitunas

Martín se ajustó bien el lazo del delantal y, tras comprobar en el reflejo del expositor que todos los pelos de su flequillo estaban perfectamente alineados, abrió la puerta de su pequeño comercio decidido a recibir con una sonrisa a cada cliente.

Llevaba dos meses con su tienda de aceitunas y encurtidos, aceite de oliva y algunos productos elaborados con aquel oro líquido. El local era pequeño, pero suficiente para su negocio. Poco a poco los vecinos del barrio lo iban conociendo y fidelizaba a sus primeros clientes.

Aquella mañana entró una mujer de unos sesenta años, de ojos claros, pelo rizado y boca grande. Vestía un pantalón de chándal negro, un jersey gris y arrastraba un cargado carro de la compra de cuadros amarillos y verdes.

—Buenos días —la saludó Martín con su habitual sonrisa después de despedir a un chico que había comprado una botella de aceite de oliva virgen extra.

—Quiero aceitunas —dijo la mujer mirando a través del cristal del expositor, donde podían verse los diversos tipos que se ofrecían.

—¿De cuáles?

—¿De cuáles hay?

—Negras, verdes, con hueso, sin hueso, aliñadas, rellenas de anchoa, de pimientos…

—Aceitunas —repitió la mujer con sequedad sin dejar de mirar al expositor.

—Estupendo, pero hay mucha variedad. ¿Cuál quiere?

—Una de cada.

Martín vio que entraba una pareja a la tienda mientras preguntaba a la mujer:

—¿Qué cantidad?

—Una. Una aceituna de cada tipo.

—No puedo hacer eso.

—¿Por qué? —preguntó la mujer mirándolo a la cara por primera vez.

—Porque vendo las aceitunas por cantidades, no por unidades. Puede llevarse cien gramos de cada tipo si quiere.

—¿Para qué llevarme cien gramos si no sé si me van a gustar? Prefiero una de cada y así las pruebo todas.

—¿Quiere probar alguna?

—¿Puedo?

Martín asintió y le explicó que podría probar alguna para elegir de qué tipo quería llevarse.

—Bien. Una de cada —confirmó ella.

La mujer probó las aceitunas negras, pero la mueca de su cara hizo saber al dependiente que no habían sido de su agrado. Igual sucedió con los tres tipos siguientes: aliñadas, anchoas y pimientos.

Él le preguntaba si le gustaban y ella negaba con la cabeza con una mueca de asco en la boca en el mejor de los casos y, en el peor, escupiendo la aceituna a medio masticar en su mano y dejándola sobre el mostrador.

La pareja miraba con pasmo la escena y hablaban entre sí en susurros. Martín comenzaba a ponerse nervioso porque temía que la pareja saliera de la tienda, pensando que sus aceitunas estaban malas. Cada vez le costaba más mantener la sonrisa y hablar con calma a la mujer.

—¿Quiere probar mejor estas sin hueso? —le ofreció.

Ella asintió, pero tampoco parecieron gustarle y pidió probar de otro tipo.

La pareja salió de la tienda sin decir nada. Martín esperaba que volvieran en un rato y no haber perdido a unos posibles clientes.

Cuando se quiso dar cuenta, ya no había ningún tipo de aceitunas que ofrecer a la mujer.

—Ya las ha probado todas. ¿De cuáles va a llevarse?

—¿Qué es eso de ahí? —preguntó apoyando en el cristal de expositor el índice para señalar las cebollitas en vinagre—. ¿Aceitunas blancas?

—Son cebollitas en vinagre.

—¿Las puedo probar?

Haciendo un esfuerzo, Martín asintió y le dio a probar una cebollita. Ella la escupió sin compasión y se interesó por los pepinillos. Temiendo que los encurtidos corrieran la misma suerte que las aceitunas, Martín se negó a darle a probar nada más.

—Entonces me marcho —dijo la mujer, agarrando su carro.

—¿Y no va a comprar nada?

—No. ¿Para qué? Ya las he probado todas las aceitunas que era lo que quería. Gracias.

Y dicho aquello, salió de la tienda y dejó a Martín atónito, con la boca y los ojos abiertos como platos y sin saber cómo reaccionar.

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